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Observatorio Global sobre Convivencia

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Microensayos 2011 2014

Juan Carlos Olea Cañizares.

Sentido de la vida; identidad y convivencia.

Para el infante humano, que llega inmaduro al mundo singular, nacer es un acontecimiento sin precedente y generalmente traumático. Que el impacto sin precedente del parto en el naciente, el cual, según sugieren sus reacciones, llega a producir en él un estado semejante a las perturbadoras respuestas de pánico en congéneres más desarrollados, transcurra simultáneo a dichas reacciones, es una obviedad.

En dichas circunstancias, queda la reacción del neonato al trance del nacimiento indeleblemente asociada a la cualidad enigmática -sin precedente - de ese acontecer. Cualquier persona normal parpadea ante un destello luminoso. Si se repite la experiencia en un ambiente protegido, acompañando dicho destello con un mismo sonido, cualquier persona normal, “al cabo de un tiempo”, parpadeará ante la sola presentación de ese sonido.

Al asociar el neonato su respuesta ante el impacto del parto a la cualidad enigmática de dicho trance, quedará, para siempre, inscrito lo enigmático como perturbador.

Sabemos que, cuan principio general, surge esta formulación de sentido con cierto empuje especulativo y que transcurre por un extenso campo de conocimientos altamente elaborados y complejos sobre la humana condición, algunos de ellos antiguos. Nuestro quehacer integrador, siempre humilde ante quienes con extraordinarios méritos nos precedieron, nos permite apreciarlos, pero el deber de erudición que es también el deber del debido reconocimiento a aquellos, nos alejaría del objetivo de este relato y su transmisión, la cual es más probable alcanzar con brevedad y parsimonia.

Los grandes principios generales del comportamiento, que tanto horizonte han abierto postulados por sus creadores, a veces de forma básica, no han solido propiciar tanto debate entre escuelas y orientaciones como sus matizaciones posteriores, necesarias también para el desarrollo de esos saberes.

Los niños, se dice, necesitan, intensamente, dar sentido a lo que les acontece. El sin sentido a todos desasosiega. Entre otros fines sobrevenidos, las artes, las ciencias, las filosofías, las religiones, se ocupan, básicamente, en producir sentido. La epistemofilia, el amor al conocimiento es, en diversa medida, lo que las impulsa.

Cuando se asocian contenidos psíquicos, o dicho de otro modo, cuando entre contenidos psíquicos hay evocación, lo denominamos sentido.

Sentido y conocimiento tienen que ver. Algo adquiere sentido cuando es referido a otro que evoca, constituyendo, entre ambos, un ámbito significativo: un conocimiento.

El lenguaje, ya sea verbal, no verbal o comparta ambas cualidades, es una herramienta de construcción de sentido. El lenguaje ya sea en forma de pensamiento, o como vehículo de comunicación y/o expresión, es herramienta de sentido-conocimiento.

Si un contenido psíquico B se asocia a un contenido psíquico A, (previo) de tal modo que haya evocación entre ambos, ambos adquirirán sentido. B-A constituirán conocimiento.

El sentido no es solo proactivo sino también retroactivo. Por ejemplo: un acontecimiento puede evocar otro anterior, pero si no dispone de antecedente al que vincularse puede adquirir sentido siendo vinculado a un acontecimiento posterior.

Si un contenido psíquico A se asocia a un contenido psíquico B, (posterior) de tal modo que haya evocación entre ambos, ambos adquirirán sentido. A-B constituirán conocimiento.

Y de entre A y B y viceversa se instaurará una relación.

Constituirse en acontecimiento posterior asociándose a un enigma previo que, en ese acto, deja de serlo, es, básicamente, una función del lenguaje llamada a disolver una tensión interior. Nombrar, en una concepción amplia del término, es diluir un enigma.

El lenguaje es multidimensional. Nosotros, en este sencillo ensayo, atendemos a alguna de sus funciones. No a la función meramente expresiva, ni a la función que cumple como herramienta de comunicación inter-subjetiva. Nos ocupa la función simbólica: específicamente humana. Esta, que podemos denominar como función homeostática del lenguaje, en el devenir humano tiñe a las otras.

El lenguaje simbólico es una elaboración psíquica, implica re-presentación y sirve para recoger retroactivamente aquello que se presenta sin sentido, a fin de producir evocación y diluir un enigma.

Postulamos, aquí, el deseo como tendencia en búsqueda de representación.

Las personas procuran desembarazarse de aquello por lo que aumenta su tensión psíquica por no disponer de re-presentación a lo que vincularlo y que adquiera sentido. Se busca reducir tal quantum de tensión sobrevenida a su mínimo. Se busca un estado de paz anterior. Estado que tratamos de repetir no solo para tratar de evitar que las cosas cambien y esquivar lo que no tenga precedente sino, también, para repitiendo tratar de emparejar la repetición con lo repetido, tratar de vincularlos y que adquieran sentido.

Cuando un acontecimiento supera la capacidad que tiene un individuo para darle sentido, es vivido como una perturbación y se buscará eliminar esa fuente, que puede ser de origen interno: intrasubjetiva.

El sin sentido esta indeleblemente asociado a la respuesta perturbadora del infante humano al trance de nacer y el sin sentido, o la pérdida de sentido, subyacen a todo trauma psíquico posterior a dicho trance.

Un contenido psíquico de origen externo que de un modo u otro, no tenga o adquiera sentido, será psíquicamente rechazado.

La incesante transformación de la realidad a la que la naturaleza humana es tan proclive, más allá de imperativos adaptativos, deviene de un impulso que busca la conciliación entre determinadas constelaciones simbólicas individuales y/o grupales, es decir, determinadas constelaciones de sentido, y esa realidad, cuando ambas se contradicen.

Se puede considerar que el habla es, en el hablante, dada la eficiencia y la rapidez de adquisición que, en general, se observa en la infancia, un acontecer natural que se genera de forma espontanea, una suerte de innatismo lingüístico de cualidad psicogenética. Viene el humano dotado genéticamente para el lenguaje, verbal y no verbal, una herramienta que le permite afrontar lo nuevo, esquivando las consecuencias perturbadoras de la primaria ligazón entre sin sentido y dolor.

Aunque la ausencia del padecimiento de nacer es excepción que confirma la regla, algunos no han de sufrir en su tránsito a la vida singular. No obstante, el lenguaje, por su cualidad psicogenética, igualmente, se despliega en ellos.

Se ha dicho que el desconocimiento del otro, es decir, el otro como enigma, está a la base de los conflictos destructivos.

Ello es fuente de una destructividad que aquí nos ocupa. Una destructividad que se solapa aunque no es la misma que aquellas que proceden de la pervivencia, más allá de su momento, de modos predominantes en estadios del desarrollo emocional o de profundas dinámicas involutivas. No es lo sado masoquista, lo paranoide o la destructividad compulsiva a lo que nos referimos. Aunque la pervivencia antes referida se sustente, también, en un anhelo de sentido.

En la dimensión identitaria anida un impulso a la destructividad que cohabita, además, con aprendizajes y/o con estructuras cognitivas que también la favorecen, aunque son etiológicamente diferentes.

El racismo, la xenofobia, los totalitarismos de toda índole, indican una incapacidad para soportar lo distinto, por desconocido. Un desasosiego cuya disolución se busca mediante la destrucción, la anulación o la exclusión del diferente.

Cuando lo que no dispone de antecedente para quien lo afronta, procede de fuera de sí, es destruido, negado, ridiculizado, despreciado, aislado.

El conocimiento del otro, significa que el otro tiene sentido para quien le conoce y eso abre las puertas a la concordia, lo cual no implica ausencia de conflicto.

Un proceso convivencial deviene en un ir produciéndose sentido común.

De la convivencia visualizamos dos límites: el de la incomunicación y el de la violencia. No nos ocupa la incomunicabilidad como imperativo de la humana condición, ni la violencia adaptativa, que se manifiesta en su mínimo preciso. Planteamos la convivencia como incompatible con la violencia no adaptativa e incompatible con la incomunicación. Ambos concomitantes con la destructividad.

Planteamos el proceso convivencial como opuesto a la destructividad.

La cuestión identitaria, desde la psicología de la convivencia, se representa en dos escenarios básicos distintos; cada cual requiere de diferentes abordajes para poder ir conociendo, en parte, las tramas que acogen y sus argumentos. Uno, ya lo decíamos, es el plano intra- subjetivo o más íntimo de la persona. El otro, el plano intersubjetivo, es el de las relaciones entre sujetos, de lo más micro a lo más macro social.

Lo intra subjetivo tiene un origen psíquico interno y va de dentro a afuera, lo inter subjetivo, dispone de un origen externo y va de fuera a adentro. El comportamiento viene impulsado por la confluencia de ambas dinámicas: la del sentido, (el plano psíquico, el mundo interno, que en su complejidad instaura el conflicto como humana condición) y la de los hechos, que incluye la experiencia del mundo objetal.

La dinámica del sentido, (fuerza del deseo) es la que busca reducir el campo del enigma que tanto desasosiega. La dinámica de los hechos responder a las exigencias del entorno para poder sobrevivir. El ser humano busca dar sentido a los hechos.

Todo acontecimiento, toda acción, hacia afuera o hacia adentro; Hacia sí, (reflexiva) o hacia lo otro, es dotado/a de cualidad simbólica por la mente y si no, como contenido psíquico se reprime, con un importante coste energético para que reprimido permanezca, lo cual solo se logra parcialmente.

La existencia tiene el sentido que las personas a su respecto produzcan y con el que la invistan. Ese investimiento es lo simbólico.

El trabajo simbólico produce representaciones. Las representaciones instauran un plano permeable que la conducta traspasa. Es decir, lo conductual-cognitivo implica esa parte del comportamiento que es respuesta a los estímulos constituidos por símbolos que la inteligencia estructura. La inteligencia, por condición natural, suele estructurar adaptativamente la materia que maneje, los símbolos desde este encuadre, pero, si esto no resulta concomitante con lo que podríamos denominar como el imperativo real que prevalece, esa respuesta será inadaptada.

Una acción puede ser o no adaptativa y siendo no adaptativa puede ser o no pro-destructiva. Las acciones pro-destructivas suelen tratar de erradicar el sin sentido que las contradicciones o lo enigmático proponen. Es decir, suelen tratar de erradicar aquello que una constelación simbólica no pueda integrar.

Un comportamiento autodestructivo, un choque identitario no supervivencial, persiguen eliminar lo que no tiene sentido para quien así actúa, a fin de sosegar la angustia que tal enigma aviva. Como no se consigue y se ahonda, además, el sufrimiento con otras terribles consecuencias, nos interesa reconducir hacia modos constructivos los intentos de resolución de conflictos desde la destructividad. Para ello disponemos de amplitud de herramientas, útiles en las diferentes dimensiones del devenir que se canalizan a dos: las del sujeto en su relación con sigo y en su relación con lo otro.

Las dinámicas psicológicas no pueden ser descritas y clasificadas como compartimentos estancos. El ser humano no es cual cristal cuyas mutaciones son explicables desde principios mecánicos, sino ser animado solo inteligible desde criterios holísticos e integrales. Es por ello que la sutil frontera entre lo intra y lo inter subjetivo ha de ser entendida, así como ha de serlo la línea de contacto entre lo psíquico y lo que este representa, como un plano permeable en donde se mezclan y/o se combinan las coloraturas de ambos.

El nucleo clínico rector del análisis convivencial es vivencial. El cambio positivo es una vivencia que vivifica una vivencia.

La confianza en el bienestar en clínica supone, para nosotros, acompañar, a quienes nos autorizan, al encuentro de la propia constelación simbólica: verdades de sentido que diluyen lo enigmático donde se den. Pero, también, acompañar la inteligencia de quienes nos autorizan para que la conducta pueda responder adaptadamente y gestionar, además, para quienes nos autorizan, ejemplos de existencia veraz donde hayan de reaprender.

Por esquivar un enigma, solemos olvidar que todos nacemos y ese olvido oculta un puente de primigenio sentido que une a unos y a otros.

La consciencia.

Para referirnos a la consciencia vamos a nominar un insconsciente que denominamos primigenio. En el desarrollo psicológico de cada ser humano observamos momentos sin consciencia. No nos referimos al sueño sobre el que más adelante esbozaremos alguna reflexión o al mero desvanecimiento. Lo que queremos decir es que la consciencia eclosiona en el infante humano. Lo inconsciente está y la consciencia eclosiona y establecemos sus límites conceptuales por contraste con lo primero.

Al comparar la especie humana con otras formas de vida animal observamos que al ser humano no lo define, plenamente, el ser un animal racional sino un animal consciente.

La eclosión de la consciencia, psicogenéticamente programada, induce en el individuo una escisión.

En sentido de la vida, identidad y convivencia, (Olea. J.C. Convivir.info. 2011) decíamos que en el trance de nacer la perturbadora reacción del neonato a dicho acontecimiento queda indeleblemente asociada a su cualidad enigmática, (sin precedente). Dicho de otro modo, queda lo enigmático inscrito como perturbador.

Dijimos, que denominamos sentido a la evocación entre contenidos psíquicos, la cual, por su condición, instaura como precedente al contenido evocado, diluyendo un enigma.

La asociación psíquica entre contenidos implica una suerte de evocación recíproca.

Hemos dicho, también, que constituirse en acontecimiento posterior asociándose, a un enigma previo, que, en ese acto deja de serlo, es, básicamente, una función del lenguaje llamada a disolver una tensión interior.

El flujo continuo de ser, abocaría a la continua angustia sin la elaboración psíquica que permite re-presentar y asociar lo anterior y su representación, produciendo evocación y aliviando la tensión existencial que aviva lo enigmático como carente de sentido.

Al trance de nacer en el ser humano concomita un mecanismo psíquico de transmutación de lo enigmático. Ese mecanismo es el lenguaje.

La consciencia se sustancia en el lenguaje.

Abordamos, no diacrónicamente, tres planos 1) Lo inconsciente primigenio 2) El solapamiento de dicho fluir primigenio sobre sí a modo de proto representación 3) y el sentido que deviene de la asociación de lo que se presenta primigenio con una re-presentación.

El sentido es el ámbito de la consciencia.

La dimensión mental del hecho existencial que constituye la vida intrauterina es un continuo que subyace al trance del naciente y a la singularidad vital del nacido hasta su muerte y lo denominamos genéricamente inconsciente primigenio.

El potencial de representación es una anticipación de carácter filogenético llamada a resolver la angustia del afrontamiento de lo ignoto. La dinámica representacional discurre más en el avatar de lo ontogenético. Podríamos decir que su gradual eclosión se puede adivinar en la mirada del nacido que se abre al sentido tras y/o entre quantums de protector ensimismamiento.

Nominamos un inconsciente primigenio, “ánima” y abordamos una consciencia. Pero, la consciencia siempre llega después y ese decalaje instaura el tiempo primigenio. Aunque avizoramos un segundo tiempo interior al sentido, entre lo que evoca y lo evocado y un tercero en la dinámica entre los objetos del lenguaje.

El tiempo psíquico es interacción. Donde hay lenguaje hay objetos psicológicos y por lo tanto interacción y por lo tanto, tiempo.

La consciencia es futuro y por esa condición instaura pasado. La presentización mental es integración de futuro y pasado. Paradójicamente, lo que llega después.

El sentido diluye lo enigmático de lo que puede dar cuenta y reduce la angustia. Cuando ese status prevalece holísticamente, prevalece un bienestar vital inherente a un devenir si hay menor o mínimo padecimiento orgánico.

la asociación de lo representado y su representación constituye objeto concreto; constituye nombre, verbal y/o no verbal, pues un gesto, así mismo, nomina. El concepto es la generalización: un halo que libera por doquier de la angustia de lo que, por sustancialmente diverso, no tendría sentido para el individuo.

El proceso dual que venimos explorando no tiene un cierre psíquico perfecto. Tal perfección se nos antoja propia de la intuición respecto a un anima anobjetal y atemporal. Construimos con herramientas mentales complejas que el lenguaje habilita, un supuesto de simplicidad psíquica, de pura perfección, aunque, desde la complejidad, solemos formularla como estática cuando sería perpetuo fluir.

El psiquísmo del ser humano parido, inconsciente y consciente, es cambio en permanencia. Presente continuo sin fondo y presentización.

¿ Que estimulos abisales, de constante profundidad, no confrontarían al individuo con el vertigo que evoca lo que no tiene precedente para él? O dicho a la inversa ¿Que estimulos vitales adquieren la condición de cambio para un sujeto?

Pues bien, de estos últimos, aquellos que, con una perspectiva transversal, el infante humano no alcance a representar o cuya representación niegue, impulsan el campo de los mecanísmos patológicos, una suerte de violencia intrapsíquica que trata de erradicar todo foco enigmático para evitar la angustia que el sin sentido genera. Una pleyade de mecanismos de esa violencia intrapsiquica han sido descritos.

Emocionalidad es vivencia de la gestión vital de las consecuencias psíquicas que en el humano tiene el trance de nacer.

Apreciamos momentos de completud psíquica cuando lo emocional da cuenta de dicha gestión vital siendo puntualmente exitosa, cuando lo conductal-cognitivo recibe y responde con vigor, cuando lo evolutivo-cognitivo, estructura la experiencia de modo adaptado. Y más si en algún momento dichas dinámicas se alinean. Se integran. Apreciamos en el psiquísmo una tendencia a esa completud, una tensión hacia el logro de la integración de dimensiones que lo constituyen: emocion, aprendizaje, inteligencia.

Abordamos, pues, por un momento, con reconocimiento, grandes esquemas de grandes escuelas psicológicas ya que, como en un escrito señalábamos, (Olea. J.C . Psicología de la convivencia: criterios transcontextuales de formación y acreditación. Boletín Científico de la Sociedad Española de Psicoterápia y técnicas de Grupo. La Psicología de la Convivencia y los grupos. Convivir.info. 2009) resulta útil entender la psicología de la convivencia como ámbito de construcción continua de procedimientos cuyos elementos constitutivos suelen venir co-determinados según qué contextos transite.

El marco conceptual es procedimiento. Por ejemplo:

Eros- thanatos.

Estimulo- respuesta.

masculino-femenino.

Acomodacion-asimilacion intelectual.

Integraciones, verbi gracia, en esas polaridades que fueron conceptuadas, constituyen momentos de plenitud con la consciencia. Pareciese que cuando la mente aprecia que no hay recursos del lenguaje para representar un evento, evitara uno de tales polos, para así esquivar el afronamiento de lo enigmático. El individuo se fusiona o desagrega emocionalmente con violencia, inhibe o yerra la acción, se amanera, se identifica alienadamente. El intento de negación de una polaridad sería el intento de negación de un evento vital no nombrable.

El sentido de la vida es el encuentro de sentido y su producción, un efecto colateral del trance humano de nacer. Todo es simbólico en la consciencia.

Conocimiento y Sentido son consciencia.

En la intuición singular de la vida humana intrauterina reverbera un estado que posteriores visicitudes pueden llegar a hacer anhelar. Tratar de erradicar la consciencia, entendida como aquí entendemos, es un acto de violencia orientado a retroceder, que puede andar buscando, además, ganar aquel estado intuido para el sentido. No obstante, es solo un intento aunque con consecuencias psicológicas considerables, pues, la unicidad psíquica con consciencia no es factible.

Tal vez en el dormir profundo, donde el sujeto queda asordinado ante el sin sentido que el continuo fluir del ser conlleva, se pudiera acoger, virtualmente, la aparente excepción, pues la consciencia descansa, como, durante la vigilia, en algunas patologías severas.

La intervención en el espacio psíquico intra-subjetivo es clínica.

En la toma de consciencia clínica, de lo enigmático surge sentido. Generar las condiciones para dicho proceso tiene que ver con el método, aunque, no la toma de consciencia en sí. La toma de consciencia clínica no emerge en la racionalidad. En clínica la racionalidad también descansa.

La disolución de un enigma libera de una tensión psíquica inherente a los mecanismos de afrontamiento de la angustia que el sin sentido aviva y por lo tanto, libera energía psíquica. Es una experiencia emocional. Una vivencia.

Lo enigmático no produce aprendizaje pero el sentido sí. Aprendemos significativamente.

La inteligencia es procesamiento de la información psíquica. No hay atisbo en la mente de información sin sentido.

En estados patológicos el psiquismo actúa con violencia sobre sí para mantener mínimo un no sentido que procura liberarse de esa condición. Es una confrontación energética que la toma de consciencia hace decaer.

Lo que psíquicamente adquiere sentido se integra psicológicamente, aportando lubricidad al funcionamiento del aparato emocional y cognitivo. Reduce tensión en la perpetua busca de la completud psíquica, con la consecuente liberación de energía dedicada a tal menester.

la disolución de un enigma diluye un afán, que pudo anhelar, tal vez en hechos y en su manipulación, un sentido que no correspondiera a estos . Dejará de haber, si es así, un desajuste adaptativo con la consecuente liberación de energía destinada al afrontamiento de esa disfunción.

La toma de consciencia libera energía psíquica y somática. Vitaliza.

Lo conocido a lo que podemos responder, viene elaborado en el plano psíquico, pero la respuesta obra también al plano adaptativo.

La dimensión mental es representación y sentido.

Un bienestar deviene cuando el sentido, dado en el plano psíquico a reducir un padecimiento mental, es compatible con los requerimientos adaptativos. Sucede en una condición holística. No choca.

Una toma de consciencia clínica no choca.

Hay una adaptación mental que es función interna del lenguaje y una adaptación externa cuyo campo es el cuerpo en sí y lo otro.

El trabajo.

Concretemos dos categorías de impulsos que cuando no se integran restan determinación y acierto a la humana condición: la del sentido de la vida y la del instinto. Ambas son adaptativas. La primera es psíquica.

El bienestar viene a consistir en satisfacer, coyunturalmente, la necesidad del cuerpo, con sentido, (necesidad de la mente). La construcción del sentido es psíquica. El psiquismo es representacional; productor de sentido. La adaptatividad humana es significativa.

El sentido de una cosa no es una condición per se de esa cosa sino una construcción psíquica concomitante a esa cosa.

Los modos consolidados de satisfacción de la necesidad cuerpo-mente constituyen la cultura. Cultura individual, colectiva, grupal, social, (socio-cultural)… cada cultura. Hablar del trabajo como cultura es hablar del sentido del trabajo.

El sentido del trabajo, para el análisis convivencial, es un proceso singular insuflado por lo identitario.

Identitariamente somos nuestra biografía psíquica, incluyendo nuestras proyecciones de futuro, aquello que hemos nombrado y dado sentido por medio del lenguaje simbólico, nuestros símbolos y nuestras representaciones conscientes, lo que podemos recordar, que co-determinan nuestras actitudes... Lo que conocemos de nosotros mismos, incluido lo que se manifiesta de lo que no conocemos: nuestros síntomas.

Las identidades son constelaciones de sentido. Lo que tiene sentido para cada cual de sí. Como nos representamos, incluyendo nuestras identificaciones, pues aquello otro con lo que se establece una identificación representa al identificado y proporciona pertenencia colectiva.

Lo identitario, en la dimensión intra subjetiva es la historia íntima; el sujeto en su mismidad compleja. En lo inter subjetivo es la huella psíquica de la historia que construimos con los otros, el registro psicológico de las dinámicas de dichas relaciones. Lo inter subjetivo abarca espacios relacionales privados y sociales en el ámbito personal y además públicos en lo profesional o intermediado directa o indirectamente por emolumento pudiendo ser a su vez clasificado según contextos en los que dichos espacios se inserten. Las relaciones amicales, la pareja, la familia en toda su diversidad, los ámbitos formativos, es decir, las diversas comunidades formativas, el tejido social próximo, las organizaciones formales, las comunidades, las culturas, los pueblos, las instituciones, las naciones, las entidades supranacionales, las civilizaciones, la Humanidad.

El trabajo humano es significativo.

Que lo extraño que el trabajo que la realidad propone lleve incorporado, pueda ser relacionado con lo propio de quien lo desarrolla es determinante para su potencia. Lo determinante al darse esa relación es el sentido que, por sí, proporciona.

El trabajo real, el que se desarrolla con tiempo, esfuerzo y con grados de frustración, puede ser mucho mejor aceptado por el ser humano cuando adquiere sentido para él, incluido el sentido que adquiera sobrevivir.

Al trabajo con sentido lo llamamos, también, vocación.

Podemos entender la creatividad como la capacidad de producir respuestas nuevas a situaciones nuevas. Esta descripción corresponde más a contextos inter subjetivos. Pero también podemos entenderla como capacidad de representación, (o de producción de representaciones) de contenidos psíquicos y situarla en una dimensión intra subjetiva de la personalidad, como potencia para el lenguaje simbólico y lo que denominamos su función homeostática.

Propusimos que la transformación de la realidad a la que la naturaleza humana es tan proclive, más allá de imperativos instintivos, deviene de un impulso que busca la conciliación entre determinadas constelaciones simbólicas individuales y/o grupales, es decir, determinadas constelaciones de sentido, y esa realidad, cuando ambas se contradicen.

A los imperativos instintivos a los que nos referimos en el párrafo anterior los podemos denominar como órgano adaptativos y vincularlos a procesos de la evolución de las especies, poco asimilables a la creatividad, a la que sí podemos visualizar como efecto de dicha evolución y poderosa coadyuvante de la supervivencia en la especie humana. Un ser vivo es total. Una entidad de equilibrio termo-dinámico. Un ser humano es una identidad psicobiológica.

La conciliación entre configuración de la realidad y constelaciones de sentido aúna, en el ser humano, lo órgano-adaptativo y lo homeoadaptativo, y esto último contiene y aúna a la creatividad descrita como capacidad de producción de representaciones de contenidos psíquicos y como capacidad de producción de respuestas nuevas a situaciones nuevas.

El proceso creativo implica la incorporación de aspectos de la dimensión emocional, del aprendizaje y de la cognición. Aspectos tanto subconscientes como conscientes de la personalidad, en su condición intra e inter subjetiva.

Hay un plano subconsciente de orden perceptual, constituido por aquello que acontece bajo el umbral sensorial-perceptual, (lo perceptual es lo psicológicamente procesado). Por ejemplo, no somos conscientes de nuestro flujo sanguíneo, ni lo somos de nuestros procesos de aprendizaje.

Podemos formular dinámicas subconsciente – consciente, donde la consciencia es señal para una atención necesaria para la pervivencia del individuo.

Hay un plano subconsciente del orden de lo reprimido, constituido por la represión.

Cuando la mente aprecia que no hay recursos para representar un evento, (para simbolizarlo) reprime tal evento, para así esquivar el afrontamiento de lo enigmático.

Podemos formular dinámicas subconsciente – consciente desde el orden del sentido.

Arte y bienestar.

El Arte es expresión de la existencia emocional a través de la forma.

Por ejemplo, acompañamos la palabra hablada con la entonación y el gesto, elementos no verbales que aportan contenido emocional al discurso referido a los objetos y a sus relaciones.

Esa dimensión no verbal de la comunicación hablada podría ser arte si tuviese intencionalidad artística.

La huella psíquica en un sujeto de un acontecimiento externo y la que en él deja cómo este lo vivencie, son diferentes huellas psíquicas que para adquirir sentido requieren de diferentes modos de representación.

La palabra amor significa al amor tomado como objeto. Al sentimiento amor lo significa el sonido, el gesto…

El lenguaje no verbal da cuenta de la vivencia interior. El verbal de la experiencia del mundo exógeno, incluida la reflexión.

Caen de las ramas hojas al suelo. La configuración resultante, la sola estructura de las hojas sobre el suelo, llevada a una creación artística sería arte.

Expresión de la dimensión emocional, equilibrio e intencionalidad artística.

El equilibrio es la ley natural, apreciada en lo posicional relativo a los objetos de toda índole sobre los que rige. Por ejemplo, los elementos de una trama narrativa.

Los vectores actuantes representados por las leyes de la física, la química y la biología que las ciencias enuncian para dar sentido al mundo natural relevante para la humana pervivencia, coadyuvan a configurar la estructura de las hojas sobre el suelo.

Coadyuvan, porque quien formula una ley va impulsado por el deseo, como no, al seleccionar campo de indagación y con esa ley se representa lo que necesitó que adquiriera sentido; y porque el ser humano responde a los estímulos que son relevantes para su pervivencia.

Hay un continuo, una transversalidad que transita todo arte y que como tal, necesaria pero no suficientemente, lo define y que es ese equilibrio referido. Todo arte es representación de un momento de equilibrio. La representación de un momento de la estructura dinámica de las hojas sobre el suelo.

La intencionalidad artística es la que guía la acción humana a producir momentos de equilibrio utilizando cualquier elemento que resulte al respecto coherente para dar expresión a contenidos de la biografía emocional de cada artista.

El arte fabrica intencionalmente momentos de equilibrio que son representación de una dimensión emocional para que esta adquiera un sentido. Ese es el sentido del arte.

El receptor de la obra de arte, que intencionalmente así se posiciona y el artista frente a su propia obra, ligan su emocionalidad al objeto artístico.

Las estéticas son marcos normativos de las artes. A las estéticas las unifica la estructura del equilibrio natural o, si queremos expresarlo de otro modo, igualmente cotidiano, "la armonía de las esferas".

La psicología de la convivencia es una corriente psicológica de orientación clínica en la que la dimensión simbólica es esencial y en la cual lo clínico va más allá de su núcleo rector, la dinámica asistencial que se establece en el despacho de psicoterapia, pues, al venir ocupándose, así mismo, de quehaceres preventivos, abre la posibilidad de la ayuda y la orientación psicológica a muy diversos contextos.

Cada uno requiere de abordajes distintos; desde el acompañamiento al encuentro de la identidad profunda, en ámbitos de cuidada confidencialidad, al asesoramiento y la opinión. En todos ellos se manifiesta la utilidad de los usos artísticos como potentes herramientas para la consecución de mayores niveles de bienestar singular y por eso, en el análisis convivencial, los integramos cuando procede.

Pero, no nos referimos aquí, solo, a tareas orientadas a productos virtuosos y estéticos, con aprecio en lo social debido a ello, ni solo al efecto de esa materia artística, con toda su complejidad, sino también al espontáneo gesto de quien expresa y/o aviva significativa emoción con un trazo, un ademán, un sonido, un verso, con el hondo valor de poder portar una verdad de sentido ante quien y/o quienes, pudiéndolo escuchar, con humildad, lo acompañen.

La belleza.

Si en una dimensión intra-subjetiva , formulamos la creatividad como potencial de creación de respuestas nuevas a situaciones nuevas, podríamos conceptuar dichas respuestas nuevas como intra-re-presentaciones de contenidos psíquicos nuevos y a la creatividad como potencial de creación de sentido; en la medida en que la re-presentación ligada a lo presentado lo constituye.

Una respuesta nueva a una situación nueva sería una creación.

La situación nueva viene dada o suele ser ajena a la voluntad del sujeto y la ligazón es una capacidad extensa del aparato psíquico, recogida en muy diversos modelos psicológicos, como el insight de la clínica analítica o la asociación estimulo respuesta de la perspectiva conductual cognitiva.

La creatividad como potencial de creación se puede referenciar a dimensiones inter- subjetivas. Respuestas nuevas ante situaciones nuevas entendidas como exo-estímulos.

Cada ser humano y cada grupo humano deviene en un proceso incesante de adaptación a su entorno, en el cual pervive si logra éxito suficiente: adaptación externa biológica, adaptación externa social, (metabiológica) adaptación externa ambiental.

Postulamos, aquí, además, la creatividad como herramienta psíquica de adaptación interna, solapada a la externa, aunque también guía de la transformación de dicha exterioridad, urgido el sujeto por una necesidad de coherencia de sentido dado a las huellas psíquicas que en él graban tanto el devenir interno como lo exterior a él.

La adaptación externa, puede proceder de la transformación de la realidad por acción humana o a consecuencia de un ajuste más azaroso sobrevenido entre un sujeto y su entorno. La dinámica es biunívoca.

Una creación no siempre es adaptativa.

Si la transformación de la realidad por acción inconsciente - consciente de un sujeto impulsado por el deseo, ( anhelo de sentido) es exo-adaptativa y además coherente con su sentido interior, es una dinámica saludable. Un continuo convivencial.

La belleza es un estado anímico comunicable que pertenece al sujeto, aunque podamos elaborar un sentido común de lo bello mediante su construcción colectiva en la red relacional inter-subjetiva, a través de la escena privada, social o pública.

Un grupo es en lo que deviene un colectivo en la medida en que vaya compartiendo significados: una entidad dinámica. La convivencia social es lo social grupalizado.

Pero, algo bello, cuando lo es para muchos se cimienta, también, sobre principios generales del humano avatar que encuentran representación adaptada en confluencia.

Describimos el Arte como expresión de la existencia emocional a través de formas estéticas. (J.C. Olea. Arte y bienestar. www.Convivir.info. 2011). Pero, la capacidad del ser humano para dotar simbólicamente el mundo formal va más allá de su capacidad intencional, dinamizada por el deseo, de crear formas.

Queremos postular, aquí, la belleza como la vivencia íntima que surge de una alineación sustantiva de sentido, holísticamente adaptada. Una alineación en la que los objetos constituyen re-presentación concomitante a la intra-re-presentación. Dando ambas cuenta, en virtud de su ligazón, de la dilución de lo presentado como enigmático, tanto al interior del sujeto como reflexivamente en sí y en su entorno.

Belleza como alineación mente - cuerpo, determinada por la biografía íntima y la historia singular de cada humano.

Cuerpo en lo individual, en lo colectivo y en lo ambiental.

Belleza como plano de confluencia de la adaptación interna y la adaptación externa.

Belleza como coherencia.

Como actitud.

Como encuentro.

Y el Yo, ámbito de lo que en sí tiene sentido para sí, como lugar de lo bello, cuando lo bello se da y de las dinámicas defensivas inconscientes para su construcción y pervivencia.