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Observatorio Global sobre Convivencia

Políticas

Ciencia abierta; innovación abierta

Carlos Moedas. Comisario Europeo de Investigación, Ciencia e Innovación

Constituyendo, únicamente, el 8% de la población mundial, Europa genera, hoy, el 30% del conocimiento global. La productividad, como es sabido, proviene del trabajo, del capital y de la innovación. En Europa desde 1995 a 2007 más del 60 % del crecimiento provino de la innovación.

Desde el año 2000 en las empresas europeas punteras ha habido considerables incrementos de productividad anual, (3% en manufacturas, 5% en servicios…) pero, sin embargo, en las empresas medias no sucede lo mismo. La transferencia de conocimiento de las empresas muy buenas a las menos buenas que había en los años 90 ya no se produce. Ese gran potencial de producción de conocimiento que hay en Europa no se distribuye adecuadamente.

Algo ha cambiado profundamente en el modo de hacer innovación y de hacer ciencia y ese cambio procede de la economía digital. Por ejemplo, la innovación ya no procede, como decía Schumpeter, del productor, sino del usuario. En el modelo clásico el empresario inventaba un producto, lo distribuía y el cliente lo consumía. En la economía digital el usuario en red es el que le dice al productor como debe innovar. Muchas de las grandes innovaciones contemporáneas vienen de la relación entre el usuario y el productor. Otro aspecto novedoso de la economía digital es que permite capturar valor que otros han creado. La economía colaborativa, la producción distribuida, requieren del contacto que la digitalización posibilita, permitiendo una reciproca captura de valor.

Una pregunta interesante: ¿ lo digital dejará de ser una ventaja competitiva cuando, en un futuro relativamente próximo, todos seamos usuarios digitales? Karl Polanyi, un economista austriaco, decía que disponemos de dos tipos de información. Una, “articulable”, que puede ser digitalizada; todo lo que hay en internet es información articulable. Otra, que denominó “tácita” y que no podemos digitalizar: es la información experiencial; información que genera valor singular y ventaja competitiva. La ciudad es el ámbito del conocimiento experiencial. En este momento, 600 ciudades en el mundo están produciendo más del 80% de los bienes y servicios del mundo.

Necesitamos una ciencia abierta una innovación abierta y abrirnos a ese mundo. Algunos consideran que con dicho modelo la información pueda ser sustraída por terceros, pero lo cierto es que ya no podríamos vivir cerrados y además, abiertos tenemos mucho más que ganar.

El proyecto del genoma humano comenzó con una inversión pública de 3.8oo millones de dólares. En un momento del proceso se decidió que toda la información generada por el proyecto fuera on line, de libre acceso y muchos científicos y empresarios la han utilizado. Consecuencia: el impacto en la economía de aquellos 3.800 millones ha sido de 800.000 millones de dólares y se han creado más de 300.000 empleos. Nuestro reto es que ningún científico tenga que pagar para acceder a la información que otros científicos produzcan. Para ello hay que repensar el modelo de negocio de las empresas de edición. En Europa lanzamos un cloud de ciencia y quién quiera participar en nuestros programas de I+D+i tendrá que subir ahí todo lo que haga.

Tres propuestas: La tecnología avanza mes a mes pero los políticos regulan con procesos legislativos que duran cuatro o cinco años; para no regular en vacio hay que diseñar una regulación adaptativa a futuro. El sector privado europeo no tiene condiciones para innovar y esto tiene que ver con un mercado de trabajo poco flexible y con un mercado de producto poco dinámico que hay que reformar. Hay que implementar mucho más el capital riesgo; por ejemplo, Europa invierte 5.000 millones en capital riesgo mientras EEUU invierte 25.000 millones y además, en Europa el capital riesgo es local y nacional. No existe, aún, el capital riesgo europeo.